jueves, 15 de septiembre de 2011

Fernando Pérez de Quevedo, el sacrílego de la Virgen (y V)


Los hermanos Pérez de Quevedo declararon poseer derechos sucesorios sobre el drago y la laja de la Virgen, ante el airado y encolerizado vecindario de Teror. No en vano, ambos estaban emparentados con el poderoso e influyente linaje local de los Pérez de Villanueva, familia que ostentaba el patronato de la capilla mayor de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Pino. Pero ¿Por qué unos descendientes de los Pérez de Villanueva se vieron precisados a reafirmar sus supuestos derechos sobre el drago y la laja del Pino Santo? ¿Es que acaso estos derechos y prerrogativas de los Pérez de Villanueva ya se habían perdido y era necesario volver a ponerlos en evidencia?
Pues todo parece indicar que a estas alturas del siglo ―nos referimos al siglo XVII― la preeminencia de los Pérez de Villanueva sobre el culto y advocación de Nuestra Señora del Pino, ya no era la misma que la que gozaron en el siglo XVI. Recordemos como en 1551 el fundador del linaje ―Juan Pérez de Villanueva― afirma estar en posesión de la dignidad de patrón de la capilla mayor del templo terorense, quedando a su cargo la reparación y mantenimiento del recinto sagrado. A cambio, él y sus descendientes gozarían del privilegio de asiento reservado durante la celebración de los oficios religiosos, sepultura familiar en la mentada capilla mayor, y en el caso de las hembras, del aseo y cuidado de las ropas y mantos de la Patrona. Todas estas prerrogativas constituían un reflejo del poderío y autoridad de los Pérez de Villanueva sobre el culto a la imagen titular de la localidad y sobre el resto del vecindario. Este carácter exclusivo quedaba puesto en evidencia por la reja de madera ―«la rexa de la dicha capilla»― referenciada en la visita del obispo Diego Deza en 1558, elemento que ―como señalan Jesús Pérez Morera y Carlos Rodríguez Morales― materializaba el carácter exclusivo de las capillas de patronazgo nobiliario o particular, acentuando la privatización del espacio sagrado del que hacían los poderosos manifestado, por ejemplo, en un restringido derecho de asiento o de sepultura.

 Firma y rúbrica de Diego Pérez de Villanueva.

Sin embargo, el patronato de los Pérez de Villanueva fue puesto en entredicho en varias ocasiones durante los siglos XVI y XVII. Así, el 13 de enero de 1604, el alcalde Serafín de Arencibia, su hermano el capitán Baltasar de Arencibia, y el capitán y mayordomo de la iglesia Juan de Quintana, en nombre del resto de vecinos de Teror, reconocen ante el escribano Sebastián de Saavedra ―tras varios años de pleitos―  el derecho de Diego Pérez de Villanueva y sus sucesores a recibir sepultura en la capilla mayor de la iglesia, así como la posibilidad de poder ubicar sus asientos en el mentado espacio. No obstante, todo parece indicar que la primacía de los Villanueva fue languideciendo de forma paulatina, recayendo sobre otros linajes locales como los Quintana, los Arencibia y los del Toro, los principales cargos y dignidades de la parroquia y del lugar (alcaldes, mayordomos, párrocos…). Por otro lado y aunque la leyenda comenzó a gestarse desde muy antiguo, es en el siglo XVII cuando aparecen las primeras versiones escritas sobre el hallazgo prodigioso de la Virgen del Pino. Como ha señalado el antropólogo Honorio Velasco Maillo «los lugares de hallazgo o aparición de una imagen son convertidos a través de la leyenda en lugares de culto, no pudiendo, si es que lo fueron, ser un territorio restringido individual o familiar, de igual manera que la imagen tampoco lo puede ser». Además otro de los rasgos de toda leyenda de este tipo es la omisión tanto al proceso de construcción de la imagen, como cualquier otra mención sobre sus posibles autores o donantes. Efectivamente, en ninguna de las versiones de los siglos XVII y XVIII sobre la aparición milagrosa de la Virgen del Pino, se menciona a los Pérez de Villanueva. Incluso, en pleno siglo XX autores como José García Ortega y Néstor Álamo Hernández, también han puesto en entredicho y menospreciado el papel de los miembros de este linaje en el culto a la Patrona de Gran Canaria. Y es que la de los Pérez de Villanueva, es una estirpe que no ha sido tratada de forma demasiado condescendiente, pues su condición de patronos de la capilla mayor de la parroquia de Teror resultaba incompatible con la versión oficial, defensora del mito de la aparición milagrosa. Acaso, el episodio de Fernando Pérez de Quevedo y la desaparición de la losa que contenía las huellas de la Virgen se pueda entender mejor en este contexto de progresiva pérdida de control o presencia de la familia Villanueva sobre el culto a la imagen del Pino, cada vez más importante y con mayor arraigo en Gran Canaria, en detrimento del resto de la población y de las autoridades civiles y religiosas. Ante tales evidencias cabe preguntarse ¿Fue realmente Fernando Pérez de Quevedo un ladrón o un sacrílego, o por el contrario actuó de forma legítima? Nosotros nos inclinamos más por lo segundo, aunque sólo se trata de una apreciación personal. Sin duda, aún queda mucho por averiguar sobre la interesante biografía de este personaje. Por nuestra parte, esperamos haber arrojado algo más de luz sobre un tema que se nos antoja fascinante.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

VELASCO MAILLO, Honorio: «Las leyendas de hallazgos y de apariciones de imágenes. Un replanteamiento de la religiosidad popular como religiosidad local». C. Álvarez Santaló, M. J. Buxó y S. Rodríguez Becerra (coords.), La Religiosidad popular. La imaginación religiosa. Anthropos, Barcelona, t. II, 1989, pp. 401-410.

PÉREZ MORERA, Jesús y RODRÍGUEZ MORALES, Carlos: Arte en Canarias: del gótico al manierismo. Colección Historia Cultural del Arte en Canarias, t. II. Gobierno de Canarias, Islas Canarias, 2008.
Versión digital: http://www.gobiernodecanarias.org/cultura/pdf/hcartecantomo2.pdf

SUÁREZ MIRANDA, Miguel: El Árbol de la Virgen (Pinus canariensis). Ilustre Ayuntamiento de Teror, Las Palmas de Gran Canaria, 1948.
Versión digital: http://mdc.ulpgc.es/cdm4/item_viewer.php?CISOROOT=/MDC&CISOPTR=40475&CISOBOX=1&REC=7 

TRUJILLO YÁNEZ, Gustavo: La Virgen del Pino de Teror ¿Una divinidad de los antiguos canarios? Anroart Ediciones S.L., Las Palmas de Gran Canaria, 2009.

martes, 6 de septiembre de 2011

Fernando Pérez de Quevedo, el sacrílego de la Virgen (IV)


Como señalamos en el capítulo anterior, el «robo» del drago y de la laja sagrada cambió para siempre la vida de Sebastián Pérez de Quevedo, pero especialmente la de su hermano Fernando. Miguel Suárez Miranda escribió en 1948 que «Fernando Pérez de Quevedo, señalado por el dicho popular como autor del escandaloso robo de la lápida y objeto, por este motivo, de la general malevolencia, hubo de extrañarse para siempre de su pueblo natal; sus cenizas no reposaron, como la de sus mayores, al suave cobijo de la parroquia nativa, bajo la dulce mirada y junto al calor materno de la Virgen del Pino». Efectivamente, aunque los hermanos Pérez de Quevedo poseían sepultura en propiedad, situada frente al altar de la Magdalena ―recordemos que hasta principios del siglo XIX los enterramientos se efectuaban en el interior de la iglesia parroquial― no consta que fuesen inhumados en ella. Y es que como dijo el citado canónigo Suárez Miranda, Fernando Pérez de Quevedo se vio obligado a abandonar para siempre su pueblo natal. Ante esta evidencia cabe preguntarse lo siguiente ¿Cuál fue el paradero y el último destino de este «lugareño enfatuado»?  Y ¿Fue el «robo» de la laja la única razón que llevó a Fernando Pérez de Quevedo a ausentarse de Teror para no regresar jamás? Nos va a permitir el lector que comencemos por la segunda de las cuestiones.
Pues todo parece indicar que no fue el «hurto» de la mentada reliquia la razón última que obligó a Pérez de Quevedo a abandonar Teror, aunque probablemente debió de haber influido de manera importante en su decisión, dado el carácter e importancia que para los devotos de la Virgen del Pino tenía este enigmático objeto. Y es que durante los años que siguieron al «robo» de la mentada laja, consta que sostuvo varios y acalorados pleitos con diferentes personas. En capítulos anteriores tuvimos ocasión de referirnos al litigio que le enfrentó a su tío Diego Ravelo. Pero no fue éste el único. También interpuso varias demandas contra su tío el licenciado Roque Pérez de Quevedo y contra su cuñado, el párroco de Agüimes Mateo Pérez de Villanueva. En relación con su tío Roque Pérez, debemos decir que el enfrentamiento llegó a tal punto, que entre las cláusulas de su testamento, el clérigo ordenó lo siguiente: «Quiero y es mi voluntad y pido a mis albaceas, por si Fernando Pérez de Quevedo o María Suárez, su mujer, apetecieren algo de lo que queda en mi casa, no se les dé ni fiado ni por el dinero [y] no consientan que entren en mi casa». Asimismo, el clérigo se refiere a su sobrino como una persona malvada, pues en varias ocasiones repite la expresión «llevado de su mal natural». Otro ejemplo del delicado estado en el que se encontraba Fernando Pérez, nos lo ofrece la denuncia presentada en 1690 por su esposa, en la que se relatan los «malos tratamientos» que en el lugar de Teror se le hacen a su marido, por haber comprado una hacienda al nombrado Mateo Pérez de Villanueva. Por si fuera poco, un año antes, en 1689, Fernando Pérez de Quevedo fue obligado a sanear con 29.000 reales al licenciado don Luis de Padilla Manrique, abogado de la Real Audiencia, por razón de unos censos impagados, perdiendo muchas de sus propiedades, entre ellas las huertas y tierras del Llano de Quevedo. Ciertamente, los últimos días de Fernando Pérez de Quevedo no fueron nada fáciles para él, ni tampoco para su familia. Agobiado por multitud de pleitos y deudas que le llevaron a perder buena parte de su hacienda y a dar con sus huesos en la cárcel, se vio obligado ―además― a retraerse y buscar amparo temporal en el Convento de San Ildefonso para huir de la justicia, y en última instancia, a abandonar su localidad natal, tal como señaló Miguel Suárez Miranda.

Bahía de Campeche en el siglo XVI. Fray Diego Henríquez aseguró en 1714 que en la parroquia de la Concepción de esta ciudad, se veneraba «en decentes vidrieras» la laja hurtada por Fernando Pérez de Quevedo.

Recordemos ahora la primera pregunta que nos hacíamos al comienzo de estas líneas ¿Cuál fue el paradero y el último destino de este «lugareño enfatuado»? Pues todo parece indicar que fue en alguna de las muchas posesiones que la corona española poseía en el Nuevo Mundo, donde nuestro protagonista pasó sus últimos días. Suponemos que fue así, ya que en 1710, en el testamento de su cuñado Mateo Pérez de Villanueva, se le reclaman a Fernando el pago de ciertas deudas, siempre y cuando que éste «volviere de las Yndias». Sin duda, a la luz de este último dato ―recordemos, si «volviere de las Yndias»― resultan comprensibles aquellas versiones que situaron en el continente americano el paradero de la laja «hurtada» por Pérez de Quevedo (Véase el capítulo I). Y es que la huída hacia América de Fernando dio lugar a la propagación de todo tipo de rumores y habladurías sobre el fin último de la sagrada reliquia, ya que se supondría que el autor del «robo» se la llevó consigo en su viaje sin retorno. No obstante, debemos advertir que a día de hoy se ignora cuál es el paradero de la laja o «piedresica» de la Virgen. De momento, parece que la versión de fray Diego Henríquez, quien aseguraba que la piedra era venerada en la parroquia mexicana de la Concepción de Campeche, tiene todos los visos de ser falsa.
Finalmente y antes de dar por acabado el presente capítulo, cabe plantearse algunas cuestiones ¿Qué razón motivó a Sebastián y a Fernando a cometer tal «tropelía»? En ocasiones anteriores ya vimos que ambos hermanos argumentaron derechos sucesorios basados en su parentesco con los Pérez de Villanueva para justificar su acción; recordemos «aquello había sido de sus padres y abuelos». Pero ¿Por qué unos descendientes de los Pérez de Villanueva se vieron precisados a reafirmar sus supuestos derechos sobre el drago y la laja del Pino Santo? ¿Es que acaso estos derechos y prerrogativas de los Pérez de Villanueva ya se habían perdido y era necesario volver a ponerlos en evidencia? A ambas cuestiones intentaremos dar respuesta en una próxima entrega.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

SUÁREZ MIRANDA, Miguel: El Árbol de la Virgen (Pinus canariensis). Ilustre Ayuntamiento de Teror, Las Palmas de Gran Canaria, 1948.
Versión digital:

TRUJILLO YÁNEZ, Gustavo: La Virgen del Pino de Teror ¿Una divinidad de los antiguos canarios? Anroart Ediciones S.L., Las Palmas de Gran Canaria, 2009.

martes, 30 de agosto de 2011

Fernando Pérez de Quevedo, el sacrílego de la Virgen (II)


Sebastián y Fernando Pérez de Quevedo justificaron su acción argumentando derechos sucesorios, pues a la reprimenda del citado oficial de cantería Nicolás Hernández, no dudaron en contestarle que: «¿Quién lo metía en eso? ¿Qué si le tocaba algo? Que aquello [se refiere al drago y a la laja] había sido de sus padres y abuelos».
Pero ¿A qué padres y abuelos se referían ambos hermanos? Pues, a los Pérez de Villanueva, familia que ostentaba el patronato de la capilla mayor de la iglesia de Teror, desde el siglo XVI. Efectivamente, el 22 de noviembre de 1551, el labrador y vecino de Teror, Juan Pérez de Villanueva, afirma en su testamento su condición de patrono de la mentada capilla mayor de la iglesia de Nuestra Señora del Pino: «digo e declaro que por quanto yo hize a mi propia costa y expensa la capilla mayor de la dicha yglesia de nuestra Señora Santa María del Pino, la qual después que la hize [roto] se acavó, yo siempre la he reparado de todo lo necesario e reparo siempre». Desde entonces, él y sus descendientes gozaron ―no con cierta resistencia por parte del resto de terorenses― del privilegio de asiento reservado y sepultura en la capilla mayor del templo mariano.
Sin embargo ¿Hasta qué punto y en qué grado estaban emparentados los hermanos Pérez de Quevedo con el linaje de los Pérez de Villanueva? Veamos. Fernando Pérez de Quevedo, fue bautizado en la parroquia de Teror el 4 de junio de 1644, fruto del enlace entre Gregorio Rabelo y Francisca Pérez. Fue el menor de tres hermanos: Isidro (nacido en 1638 y fallecido a tierna edad) y Sebastián (nacido en 1642). Procedente de una familia de campesinos acomodados, entre sus ascendientes encontramos a los célebres Bartolomé Díaz del Río «El Castellano» y a Juana Domínguez, sus bisabuelos maternos. Una hija de ambos, Isabel Díaz contrajo matrimonio con Hernán Pérez de Quevedo, de cuya unión nació la mentada Francisca Pérez, madre de nuestro protagonista (bautizada el 13 de octubre de 1613). Por lo tanto, entre sus familiares más próximos y allegados se encontraba su tío carnal (era hermano de su madre) el licenciado Roque Pérez de Quevedo (1612-1686), el mismo que dio nombre al actual paraje de Llano Roque, en el barrio de los Arbejales. Asimismo, sabemos que su bisabuelo paterno se llamaba Juan de Quevedo, propietario del paraje denominado Llano de Quevedo (actuales Casas Baratas). En cuanto a los posibles lazos de parentesco de los dos hermanos con los Pérez de Villanueva, éstos parecen quedar reducidos al matrimonio celebrado el 2 de diciembre de 1607, entre Isabel Alonso ―prima hermana de la citada Isabel Díaz, abuela de Sebastián y Fernando― con Gaspar de Quintana, hijo a su vez de Blas de Quintana e Isabel Pérez de Villanueva y por lo tanto, nieto del mentado Juan Pérez de Villanueva.

Firma de Sebastián Pérez de Quevedo en un documento fechado en 1674. Su hermano Fernando, a diferencia de éste, no sabía firmar, algo muy corriente en la época en la que vivieron, donde un alto porcentaje de la población era analfabeta.

Por el contrario, esta relación de familiaridad con los Pérez de Villanueva fue mucho más intensa y contundente por parte de María Suárez de Candelaria, esposa de Fernando Pérez de Quevedo. Efectivamente, María Suárez descendía por línea directa de los Pérez de Villanueva, pues era tataranieta del ya citado Juan Pérez de Villanueva. Su padre, Juan Pérez de Villanueva III (lo denominamos así para distinguirlo del fundador del linaje, el mentado patrono Juan Pérez de Villanueva) se desposó el 8 de octubre de 1636 en la localidad tinerfeña de Tejina, con Catalina Suárez. Sus abuelos paternos fueron Juan Pérez de Villanueva II (fallecido hacia el año 1649) y María de Candelaria Naranjo (muerta el 29 de abril de 1671). Este Juan Pérez de Villanueva II fue a su vez, hijo de Diego Pérez de Villanueva y Leonor de Ortega, hijo primogénito y yerna respectivamente del tantas veces nombrado Juan Pérez de Villanueva.
Ante estas evidencias cabe preguntarse ¿A quiénes se referían los hermanos Sebastián y Fernando cuando dijeron que «aquello había sido de sus padres y abuelos»? ¿A su propia familia o a la familia política de Fernando? Sea como fuere, parece que el argumento esgrimido para «hurtar» la laja estaba plenamente justificado ¿O quizá no? No debemos pasar por alto de que en la citada Información de la caída del Pino (Véase el capítulo I) también declararon ―entre otros― personajes como las hermanas doña Ana y doña Melchora de Arencibia y Ortega, los hermanos Fernando del Toro e Isabel del Toro y Ortega, así como el esposo de ésta última, Blas de Quintana Miguel. Todos ellos también estaban emparentados con los Pérez de Villanueva, a pesar de lo cual no consta que se declarasen como legítimos herederos del drago y de la laja desaparecida.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

HERNÁNDEZ JIMÉNEZ, Vicente: Aproximación a los orígenes de Teror. Ediciones del Iltre. Ayuntamiento de la 
Villa de Teror, Las Palmas de Gran Canaria, 2001.

SUÁREZ GRIMÓN, Vicente: «Llano Roque: Origen y desarrollo de un núcleo de población», Periódico Diario de Las Palmas, Sábado, 1-VII-1978, p. 3.

SUÁREZ MIRANDA, Miguel: El Árbol de la Virgen (Pinus canariensis). Ilustre Ayuntamiento de Teror, Las Palmas de Gran Canaria, 1948.

TRUJILLO YÁNEZ, Gustavo: La Virgen del Pino de Teror ¿Una divinidad de los antiguos canarios? Anroart Ediciones S.L., Las Palmas de Gran Canaria, 2009.

viernes, 26 de agosto de 2011

Fernando Pérez de Quevedo, el sacrílego de la Virgen (I)


Desde tiempo inmemorial, el ejemplar de pino donde tuvo lugar la supuesta aparición de la Patrona de Gran Canaria, fue objeto de especial veneración por parte los devotos que acudían a Teror. El agua de la fuente milagrosa que se contaba que brotaba de su interior, los frutos y su resina eran codiciadas por sus supuestas propiedades terapéuticas o protectoras ante todo tipo de peligros e infortunios. Asimismo, entre las ramas del portentoso árbol se hallaba el objeto que daba carta de naturaleza y sancionaba el origen maravilloso de la imagen titular. Nos referimos a la «laja» o «piedresica» donde la tradición creyó ver señaladas las plantas o pies de la Nuestra Señora del Pino. Tal era el sentimiento de respeto y fervor que los canarios sentían por esta enigmática piedra, que los pocos que llegaron a trepar al Pino para observarla, nunca osaron «poner sus pies en donde estaban señalados los de Nuestra Señora». Mientras que por su parte, aquellos que nunca pudieron verla de cerca se contentaban con las cintas o «medidas» que eran puestas en contacto con la laja y que luego «besaban y veneraban». Además y para añadir un punto más de misterio a toda esta historia, estas plantas o siluetas de pies se hallaban entre las raíces del último de los tres dragos ―que según reza la tradición― se encontraban justo en el lugar preciso donde se produjo la «aparición» milagrosa.
Sin embargo, en la mañana del lunes 3 de abril de 1684, los terorenses se vieron privados de tan raro prodigio, pues tras la caída del «Santo Pino», la piedra que contenía las plantas de la Virgen desapareció para siempre. Dicho suceso dio lugar a la redacción de la llamada Información de la caída del Pino, compuesta por el párroco de Teror don Juan Rodríguez de Quintana ―a instancias de la autoridad episcopal― al objeto de conocer las circunstancias en las que tuvo lugar tan trágica pérdida. Durante los días que duraron las averiguaciones, la práctica totalidad de los testigos coincidieron en hacer recaer la culpa de la desaparición de la laja en los hermanos Sebastián y Fernando Pérez de Quevedo. Sirva como ejemplo la declaración del oficial de cantero Nicolás Hernández, que señala como tras la caída del Pino, Sebastián y Fernando arrancan y llevan a la casa de este último el mentado drago, entre cuyas raíces se aseguraba que estaba oculta la laja que contenía las plantas de la Virgen. Sin duda, este «sacrilegio» no contó con la aprobación del vecindario y de las autoridades locales, quienes obligaron a los «infractores» a la devolución del drago y de la sagrada laja. Sin embargo, la restitución del mentado drago no supuso la reposición de la laja, sobre cuyo paradero llegaron a circular todo tipo de opiniones. Así, mientras que fray Diego Henríquez aseguraba que la reliquia fue a parar a la parroquia de la Concepción de Campeche (México) donde era «era tenida en decentes vidrieras con la veneración debida», el capitán don Juan Agustín de Bethencourt aseguraba haber oído de boca de su tía, doña María Montesdeoca Suárez, que dicha piedra fue embarcada en el navío de Baltasar de Padilla y que éste su hundió en el mar.

Detalle del último de los tres dragos del Pino Santo de Teror, entre cuyas raíces se aseguraba que estaba escondida la laja que contenía la impronta de los pies de la imagen de la Virgen. Dibujo de Tomás Marín de Cubas (h. 1682). Propiedad: Biblioteca Pública Municipal Central de Santa Cruz de Tenerife. Autor de la fotografía: Fernando Cova del Pino.

Desde entonces, Fernando Pérez de Quevedo ha pasado a la historia de Teror como uno de sus personajes más abyectos y despreciables, un verdadero sacrílego capaz de despojar a los terorenses de una de sus reliquias más preciadas (hoy sería declarado persona non grata). Sirvan como muestra, los adjetivos que le dedicó Miguel Suárez Miranda en su libro El Árbol de la Virgen (1948), donde lo califica de «orgulloso», «vanidoso», «despechado» y «amargado». Precisamente, sobre este polémico personaje pretendemos aportar algunos datos poco conocidos sobre su itinerario vital, que nos podrán ayudar a situar en su contexto las razones que le llevaron a cometer tan «detestable» acto.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

GARCÍA ORTEGA, José: Historia del culto a la venerada imagen de Nuestra Señora del Pino. Patrona de la Diócesis de Canarias. Librería y tipografía católica, Santa Cruz de Tenerife, 1936.


SUÁREZ MIRANDA, Miguel: El Árbol de la Virgen (Pinus canariensis). Ilustre Ayuntamiento de Teror, Las Palmas de Gran Canaria, 1948.

TRUJILLO YÁNEZ, Gustavo: La Virgen del Pino de Teror ¿Una divinidad de los antiguos canarios? Anroart Ediciones S.L., Las Palmas de Gran Canaria, 2009.

Brujas y hechiceras en la raya de Teror. El caso de María García (y III)

Viene de: Brujas y hechiceras en la raya de Teror (II)


Como tuvimos ocasión de comprobar, entre los delitos de los que fue acusada la terorense María García, sobresalen aquellos relacionados con asuntos de contenido sexual o afectivo. Sin duda, la realización de todo tipo de rituales y hechizos para propiciar ―o impedir― las relaciones amorosas de sus clientes, junto con su condición de manceba y mujer «descasada», le hicieron granjearse el recelo y la enemistad de buena parte de los vecinos del lugar de Terore. Esta animadversión hacia su persona, pudo haber dado lugar a que en ocasiones se le acusase de delitos que probablemente no cometió. Y es que como dice el refranero, cría fama y échate a dormir…

Castigo a una alcahueta. 
Dibujo de Christoph Weiditz (h. 1529)

Tal fue el caso de la extraña muerte del recién nacido Francisco, hijo de los terorenses Rafael de Troya y Juana García, cuya trágica desaparición fue achacada a nuestra protagonista. Al parecer y según declararon sus progenitores, el pequeño Francisco amaneció muerto y con signos evidentes de violencia, pues tenía «el ombliguillo i las teticas chupadas i acardenaladas i todo lo demás blanco, como una nieve». Ninguno de los padres fue consciente ni pudo evitar lo sucedido, pues según cuentan, tras acostar al niño «bueno y sano y gorjeando con la luz del candil», cayeron en un profundo sueño del que no pudieron despertar hasta la mañana siguiente. Relatan que se trató de un sueño maliciosamente inducido, pues a pesar de que aquella noche los perros del lugar «se deshaçían a ladrar» ni Rafael de Troya ni su esposa pudieron despertar del intenso letargo en el que se encontraban. Asimismo, dos vecinas del matrimonio, Juana Giralda y Lucía de Troya, contaron que «aquella noche habían odio llorar mucho al niño, que habían dado voces a éste y a su mujer y que no habían despertado», por lo cual entendieron que «habían sido brujas las que mataron al niño y que les echaron sueño».
Como comentamos hace un instante, todas las sospechas y acusaciones recayeron en la persona de María García. Sin embargo, tales imputaciones parecían carecer de toda consistencia pues estaban basadas más en la «mala fama» de la sospechosa que en pruebas o evidencias objetivas (recordemos, cría fama y échate a dormir...). Así, la madre del pequeño infortunado comenta que «por traer todo el lugar entre ojos a María García, mujer de Juan Estévez, que diçen por mal nombre está quilla, de que es bruxa i hechiçera, ésta imaginó que la susodicha se lo había muerto, aunque nunca esta testigo ni su marido tuvieron con ella pesadumbre ninguna». Mientras que por su parte, Rafael de Troya, aunque repite los mismos argumentos que su esposa, nos ofrece la clave y el origen de sus sospechas, pues al parecer fueron las acusaciones de la negra Antona de Arencibia (Véase el capítulo II) las responsables de todos sus recelos. Veamos si no lo que declaró: «Aunque no ha visto que María García haya hecho ninguna cosa de bruja ni hechicera, por el mal nombre que tiene en esta dicha Villa. Y porque después de pocos días, le había dicho a su mujer una negra de Arencibia, que entiende que está en la Vega, le había dicho que a quien le mató el niño ella la había de acusar porque era una bruja. Y que le había mandado a traer de Arucas una calavera y unas turmas de perro, por lo que entiende que se trata de la dicha María García la que pudo haber matado al niño».
Sea como fuere, éstas y otras acusaciones dieron lugar a la detención y encarcelamiento de María García en las cárceles secretas del Santo Oficio de la Inquisición, en las que ingresó el 11 de junio de 1608. Durante su estancia en prisión, varios vecinos de la localidad declararon a favor suyo, en un vano intento de salvarla de los rigores del temido tribunal eclesiástico. Así, Diego Pérez de Villanueva ―patrono de la capilla mayor de la iglesia de Nuestra Señora del Pino― expuso que «ha tenido a la dicha María García por buena cristiana y jamás ha presumido de ella otra cosa». Su esposa, Leonor de Ortega, añadió que «María García acude de ordinario a oír misa y sermón, cuando lo había en este lugar. Y frecuentaba los sacramentos, confesándose y comulgando cuando lo manda la Santa Madre Iglesia. Y muchas vísperas de la Madre de Dios le ha visto hacer lo mismo, y todas las veces que había jubileo le ganaba. Y cuando salía el Santísimo Sacramento le veía ir muchas veces acompañándole. Y de ordinario le veía traer un rosario al cuello y siempre le vio hacer cosas de buena cristiana». Mientras que la hija de ambos, María de los Ángeles, señala que ha visto «a María García azotarse el Jueves Santo y hacer otras penitencias como buena cristiana».

Auto de fe de la Inquisición. Óleo de Francisco de Goya (h. 1812-1819). Los procesados por el tribunal del Santo Oficio lucen el sambenito y llevan sus cabezas cubiertas por una coroza o gorro cónico alargado, hecho de papel, en el que se pintaban figuras alusivas al delito o a su castigo. Propiedad: Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid, España)

No obstante y como comentamos hace un momento, ninguna de las manifestaciones a favor de su condición de buena cristiana produjeron el efecto deseado. Antes al contrario, nuestra protagonista fue condenada en auto público de fe, a salir por las calles de la ciudad en forma de penitente, con una soga a la garganta, una vela entre las manos y tocada con una coroza de hechicera. Asimismo, fue desterrada por espacio de cuatro años de las islas de Gran Canaria y Tenerife, entre otras penitencias. Finalmente, sus pertenencias y propiedades le fueron confiscadas. Sin embargo y a pesar de tales penas y castigos la práctica de la brujería y la hechicería siguieron practicándose hasta al menos el siglo XIX (sirva como ejemplo el caso de Jerónima de la Vega, acusada de brujería en 1805) pues ambas «artes» seguían siendo demandadas por el resto de vecinos de la localidad.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

FAJARDO SPÍNOLA, Francisco: Hechicería y brujería en Canarias en la Edad Moderna. Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 1992.

FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel: Casadas, monjas, rameras y brujas. La olvidada historia de la mujer española en el Renacimiento. Editorial Espasa Calpe S.A., Madrid, 2005.

MILLARES TORRES, Agustín: Historia General de las Islas Canarias de Agustín Millares Torres, complementada con elaboraciones actuales de diversos especialistas. Cedirca S.L., Las Palmas de Gran Canaria, 1977, t. III, pp. 244-245.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Brujas y hechiceras en la raya de Teror. El caso de María García (II)


Viene de: Brujas y hechiceras en la raya de Teror (I)


Desde su implantación en el año 1478 hasta su abolición definitiva en 1834, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición persiguió con ahínco cualquier tipo de comportamiento o conducta que atentara o pusiera en entredicho la ortodoxia y los dogmas de la Iglesia Católica. Entre los delitos castigados por este tribunal eclesiástico, cobraron especial importancia los procesos seguidos contra mujeres ―y en menor medida contra los varones― acusadas de practicar la brujería o hechicería. Como no podía ser menos, durante los siglos XVII al XIX la jurisdicción de Teror no fue ajena a este fenómeno. En el archivo de El Museo Canario, institución donde se custodian los fondos del Tribunal del Santo Oficio de la Santa Inquisición de Canarias, se conservan algunos estos procesos seguidos contra mujeres naturales de Teror, quienes sufrieron en sus propias carnes todo el rigor y la dureza de esta temida institución. Uno de los casos más antiguos que conocemos fue el de la terorense María García, procesada en 1608 por «hechicería y pacto con el Demonio».
Debemos decir que el ejemplo y circunstancias de María García fueron bastante parecidos al del resto de féminas de la época, acusadas del mismo delito. Por lo general, se trataba de mujeres de condición humilde y que ya soportaban sobre sí otro tipo de «máculas» o «tachas» como la de ser madres solteras, alcahuetas o esclavas. En el caso de María García, comprobamos como a pesar de haberse casado con Juan Estévez, éste acabó repudiándola, argumentando «que andaba con otro hombre», razón por la cual fue encarcelada durante dos largos años. Ante la ausencia del esposo se vio precisada a refugiarse en el hogar materno, donde se ganaba la vida ―según declara ella misma― vendiendo «algunas cosas de comer y amasando». Quizá fue esta ausencia de marido lo que le llevó a convertirse en la manceba o amante del vecino de la localidad Amaro García, una relación que daría como fruto el nacimiento de un hijo ilegítimo, toda vez que el querido acabó por abandonarla para casarse con la terorense María Gutiérrez. Asimismo, no sería descabellado pensar que fue su condición de mujer abandonada y con pocos recursos, lo que la llevaría al ejercicio de todo tipo de ritos y prácticas hechiceras, como medio para ganarse la vida. Tales rituales y sortilegios le eran ampliamente demandados por las mismas personas que ―ironías del destino― acabaron denunciándola ante el Santo Oficio. Y es que la condición de «cristiano viejo» no impedía acudir ―llegado el caso― a las artes de una bruja o hechicera, una vez agotadas otras vías más ortodoxas. En definitiva, María García encarna a la perfección el prototipo del personaje literario de la Celestina, o mujer de «mal vivir». Una verdadera proscrita que vivía al margen de la sociedad, pero a la que sin embargo se solía acudir en busca de consejos y remedios, entre los que cabe destacar todo tipo de asuntos de índole sexual o sentimental. De hecho, entre las culpas que se le achacan se encuentra la siguiente: «Y que la dicha rea [María García] no sólo es mujer de mal vivir, sino que es públicamente alcahueta de mujeres casadas y solteras, juntándolas en su casa con hombres solteros y casados. Y siendo causa de muchas descensiones y de gran escándalo y murmuración».
Y es que efectivamente, parece que fueron las cuestiones de carácter sexual o afectivo las más demandadas por los terorenses del siglo XVII. Así, para conseguir paz con el esposo o pretendiente y lograr que éste no olvidase a su amada, María García sugirió a varias mujeres que cuando les «bajase su regla, tomase[n] de aquella sangre, lavando la camisa donde estuviese. Y le echase[n] de aquello en el vino y se la diesen a beber. Y que con aquello nunca la[s] olvidaría[n]».


María García satisfizo con todo tipo de rituales y sortilegios los anhelos amorosos y los apetitos sexuales de buena parte de los terorenses de los últimos años del siglo XVI y comienzos del XVII.


 Igual de escatológico era el remedio empleado para conseguir el efecto contrario, pues la propia María García, viendo como su amante Amaro García la repudiaba para concertar matrimonio con una vecina del lugar, pidió a Ana García ―hermana del enamorado― que le diese un camisón de éste para sahumarlo «con un poco de mierda» de la futura esposa ―que ella ya tenía guardada― «y que con aquello no se casarían». Otra manera de intentar conseguir el amor incondicional o los favores del hombre amado nos la ofrece la declaración de la negra Antona de Arencibia, quien relató como una ocasión María García le dijo le trajese de Arucas la calavera de un muerto y unas turmas o testículos de un perro «y que las salarían y secarían y las pondrían en las fajas, con lo qual aunque el hombre que quisiesen estuviese en cavo del mundo, le harían venir luego a donde quisieren».
            En otras ocasiones, lo que se buscaba era quitarse de encima o deshacerse de una amante o pretendiente que ya comenzaba a resultar molesta. Tal le sucedió a Serafín Domínguez, que acudió a María García en busca de remedio, pues pretendía desembarazarse de una mujer que estaba «aficionada» de él. Ante tal situación, María García le aconsejó «que tomase un freno [de caballo] y se lo pusiese en su propia natura [pene] diciendo: refrénate bestia fiera» y que con aquello la olvidaría. Otras peticiones consistían en averiguar si el esposo le era fiel a su cónyuge. Así, Catalina Pérez de Villanueva, ante las vejaciones y maltratos de su marido Sebastián de Toro, solicita los servicios de nuestra protagonista, diciéndole que «quería echar unas suertes para ver si su marido estaba amancebado». De esta manera, María García «tomó un harnero y clavó unas tijeras en él. Y tomó de él un anillo que hizo trabar a ésta del otro y dijo algunas palabras que la testigo no entendió», tras lo cual le contestó que era verdad que estaba amancebado.
            Sin embargo, no fueron los amores no correspondidos, el sexo, la lujuria o la pasión irrefrenable, los únicos negocios que atendió la terorense María García. Asuntos más oscuros, como la de provocar la muerte de un recién nacido, se encuentran entre los delitos que se le achacaron. Aunque ésta será una cuestión que abordaremos en una próxima entrega.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

FAJARDO SPÍNOLA, Francisco: Hechicería y brujería en Canarias en la Edad Moderna. Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 1992.

FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel: Casadas, monjas, rameras y brujas. La olvidada historia de la mujer española en el Renacimiento. Editorial Espasa Calpe S.A., Madrid, 2005.

MILLARES TORRES, Agustín: Historia General de las Islas Canarias de Agustín Millares Torres, complementada con elaboraciones actuales de diversos especialistas. Cedirca S.L., Las Palmas de Gran Canaria, 1977, t. III, pp. 244-245.


           

Brujas y hechiceras en la raya de Teror (I)

De entre los muchos mitos e invenciones relacionados con la historia de Teror, cabe destacar el caso del mal llamado «Parque, Patio o Llano de las brujas» situado en la conocida Finca de Osorio. En los últimos 25 ó 30 años hemos sido testigos de cómo el paraje popularmente conocido como «La Alameda» o «Parque de la fuente» ―suponemos que deben existir otras denominaciones― ha ido cambiando su nominación tradicional por el ya aludido «topónimo» de «Parque de las brujas». Este cambio de nombre se debe al éxito y rapidez con la que se han extendido las historias que sitúan en este bello lugar la práctica en tiempos pasados de todo tipo de aquelarres y ritos brujeriles, a los que se suman leyendas de duendes y un sinfín de personajes fantásticos. Sin duda, el éxito de tales relatos y la implantación de la denominación «Parque de las brujas» cabe atribuirlo en primer lugar, a la amplia cobertura y difusión de la que han gozado estas historias en los medios de comunicación. Sirva como ejemplo el reciente vídeo promocional dedicado a la Finca de Osorio, realizado por el canal de televisión Antena 3 de Canarias. Por si fuera poco, el que suscribe ha sido testigo en más de una ocasión, de cómo toda una legión de guías, animadores socio-culturales o monitores medio-ambientales, divulgan y «enseñan» alegremente este tipo de fábulas entre los grupos de escolares que suelen visitar la finca. Unos relatos, que al margen de su contenido fantástico, nada tienen que ver con la Finca de Osorio.
Es posible que a estas alturas más de uno piense que estamos en contra de que a los niños y niñas se les relaten o narren cuentos de brujas, de aparecidos o de duendes. Incluso, no faltará quien piense que por nuestra condición de historiador somos incapaces de disfrutar con este tipo de relatos fantásticos y que vivimos encorsetados y apegados al dato histórico, objetivo y mensurable. Nada de eso. Los cuentos y leyendas sobre seres fantásticos forman parte de nuestro bagaje cultural y han cautivado a lo largo de miles de años a generaciones enteras de niños (y también de adultos). Sin embargo, en el caso de la Finca de Osorio la difusión de este tipo de relatos ha dado lugar a la implantación de una denominación artificial que, al contrario de lo que ocurre con el resto de topónimos de nuestra localidad, no se ajusta a la realidad o a la tradición. Y es que las historias que se cuentan sobre la celebración de aquelarres y reuniones de brujas en el paraje al que hemos venido haciendo mención, son lisa y llanamente falsas. Bastaría con darse un paseo por la finca y preguntar a las familias de arrendatarios que aún viven y trabajan en ella, para comprobar que nos encontramos ante las conjeturas descabelladas y absurdas de una serie de pseudo-investigadores. Unas «teorías» ―por llamarlas de algún modo― basadas en la ciencia infusa ―que no en la investigación― y por supuesto, sin contar con el más mínimo apoyo documental, ya sea escrito u oral.

El aquelarre. Óleo de Francisco de Goya (h. 1797-1798)
Propiedad: Museo Lázaro Galdiano.

Por el contrario, nuestra localidad es rica en todo tipo de fábulas o relatos sobre aparecidos o almas en pena, alguna de las cuales se han ido transmitiendo de forma verbal a lo largo de varias generaciones. Sirva como ejemplo el caso del llamado «Jacho de la Laguna» que a buen seguro aterrorizó a más de un vecino de Teror o Valleseco de los siglos XIX y parte del XX. Asimismo, en el rico archivo de El Museo Canario se custodian interesantísimos documentos sobre supuestas brujas o hechiceras ―naturales de Teror― perseguidas o procesadas por el Tribunal del Santo Oficio. Precisamente a una de ellas, llamada María García ―condenada en el año 1608 por «hechicería y pacto con el Demonio»― dedicaremos nuestro próximo artículo.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

FAJARDO SPÍNOLA, Francisco: Hechicería y brujería en Canarias en la Edad Moderna. Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 1992.

HERNÁNDEZ JIMÉNEZ, Vicente: «Brujerías, curanderas, santiguadoras», en La obra de Vicente Hernández Jiménez. Homenaje al cronista de la Villa de Teror. Anroart Ediciones, Las Palmas de Gran Canaria, pp. 342-344.

JIMÉNEZ SÁNCHEZ, Sebastián: Mitos y leyendas: prácticas brujeras, maleficios, santiguados y curanderismo popular en Canarias. Editorial Faycan, Las Palmas de Gran Canaria, 1955.






martes, 16 de agosto de 2011

La Basílica del Pino ¿Real Santuario? A propósito de Wikipedia (V)

La imagen de Nuestra Señora del Pino y el templo que la acoge han sido distinguidos con honores tales como el de la coronación canónica de la imagen (1905), su declaración en calidad de Patrona Principal de la Diócesis de Canarias (1914) o la obtención del título de Basílica Menor (1916). Sin embargo, entre las dignidades que ostenta el santuario de la Patrona de Gran Canaria, no se encuentra la de «Real Santuario», tal como se señala en el mentado artículo dedicado a Teror publicado en la Web Wikipedia. Sin duda, el oficio de historiador (nos referimos a aquellos que hemos obtenido nuestra titulación en el ámbito universitario) exige un alto grado de integridad y objetividad. Sin embargo, nuestra labor nos descubre en ocasiones una realidad alejada de esa visión idílica ―o «a medida»― que algunos desearían tener del tiempo pretérito. En todo caso, el historiador está obligado ―o tiene el deber moral ― de mostrar y divulgar el pasado de forma natural y sin complejos. Un pasado que evidentemente tiene muchas luces, pero en el que también hubo muchas sombras. Y todo ello, a riesgo de ser tachado de poco riguroso o acusado de fomentar la provocación y el enfrentamiento. En nuestro caso no buscamos nada de eso, antes al contrario…
            A estas alturas se preguntará el lector a qué viene toda esta retahíla. Precisamente lo hacemos para denunciar o llamar la atención sobre esa ansia desmedida por acomodar la realidad ―pasada y presente― a nuestros gustos o preferencias. Desafortunadamente, entre los valores que distinguen a nuestra Basílica del Pino aún no podemos incluir el de «Real Santuario», una dignidad que sólo puede conceder la Casa Real. Ya en una ocasión comentamos que «presumir» de lo que no se tiene es una gran necedad. No obstante, en algo estamos de acuerdo con el autor del artículo, y es que méritos no le faltan a nuestra Patrona y a su  templo para poder obtenerlo. Bueno sería que los poderes públicos (civiles y eclesiásticos) aunaran sus esfuerzos para conseguir sumar a los honores y distinciones de la Basílica de Nuestra Señora del Pino, el de «Real Santuario».

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

HERNÁNDEZ JIMÉNEZ, Vicente: «El inicio de un sentir popular», en El Pino. Historia, tradición y espiritualidad canaria. Editorial Prensa Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2002, pp. 33-44.

LIRIA RODRÍGUEZ, Jorge: «La crónica periodística de una tradición», en El Pino. Historia, tradición y espiritualidad canaria. Editorial Prensa Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2002, pp. 477-524

lunes, 8 de agosto de 2011

Villa vs. Lugar. A propósito de Wikipedia (IV)

Continuamos con nuestro propósito de señalar los desaciertos y gazapos que figuran en la Web de la enciclopedia virtual Wikipedia, referentes a Teror. En esta nueva ocasión fijaremos nuestra atención en la ya citada tabla de «Cronología y fechas de la Villa Mariana». Entre las muchas fechas y efemérides que ofrece el autor de este texto aparece la siguiente: «Año 1590: Teror es proclamada Villa Mariana». Nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que ya desde el siglo XVI se hace mención a Teror en calidad de «Villa», no lo es menos que las ocasiones en las que se emplea tal término se pueden contar con los dedos de una mano. Por el contrario, abundan los ejemplos en los que se emplea el vocablo «Lugar». Así, en 1629 el obispo Cristóbal de la Cámara y Murga hace alusión a Teror en los siguientes términos: «Terori. Es un lugar fresco…». Años después, en 1686 y 1764, el historiador Pedro Agustín del Castillo y el padre Acevedo, respectivamente, se referirán a él como: «Lugar de Teror». Y así podríamos seguir hasta aburrirnos. Efectivamente, durante los siglos XVI y durante buena parte del siglo XIX, la localidad de Teror es mencionada en calidad de «Lugar» mientras que el vocablo «Villa» es empleado en muy contadas ocasiones, generalizándose solamente a partir del pasado siglo XX. Que yo sepa, durante el Antiguo Régimen fueron muy pocas las entidades de población que eran reconocidas o mencionadas de esta manera. Nos referimos a las Villas de Arucas, Gáldar o Agüimes (puede que se me quede alguna…).

            Asimismo, la forma en la que está redactado el texto aludido nos puede llevar a un error aún mayor. Recordemos «Año 1590: Teror es proclamada Villa Mariana». El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, nos ofrece en su primera y segunda acepción el significado de la palabra «proclamar»: «1. Publicar en alta voz algo para que se haga notorio a todos»; y «2. Declarar solemnemente el principio o inauguración de un reinado u otra cosa». Por lo tanto, la acción de «proclamar» conlleva la realización de un acto público y solemne, algo que nunca se produjo en Teror y menos aún en la fecha que nos mencionan. Desde luego, el hecho de que en el año 1590 se emplee el vocablo «Villa» para referirse a Teror, no significa que esta ya lo fuese en aquella época. Efectivamente, en la investigación histórica la constatación de un hecho o una realidad no se puede reducir al hallazgo de unos pocos datos aislados. Por el contrario, se hace necesario cuantificar, comparar y someter a juicio crítico la fuente con la que nos topamos. Y es que como dice el refranero, una golondrina no hace verano…

Fragmento de un documento del siglo XVIII relativo a Teror. 
Foto: Héctor Vera



Gustavo A. Trujillo Yánez

miércoles, 27 de julio de 2011

Alonso Hernández, cura de Nuestra Señora del Pino

Hace varios días dimos cuenta de algunos datos poco conocidos sobre el clérigo Gonzalo Calvillo «cura de Terore», del que se sabe que estuvo rigiendo la Parroquia del Pino durante al menos los años 1550 y 1551. En esta nueva ocasión ofrecemos algunas noticias sobre el que parece que fue su antecesor inmediato, Alonso Hernand o Hernández.

Las referencias que tenemos sobre su actuación se pueden consultar en el Libro de Repartimientos de Gran Canaria. Como su propio nombre indica, en el Libro de Repartimientos están asentadas por escrito las concesiones de tierras y aguas de las que se beneficiaron los habitantes de Gran Canaria durante la primera mitad del siglo XVI. En aquel entonces, la entrega de un lote de tierras estaba sujeta al cumplimiento de una serie de trámites. Entre éstos, destacaba la necesidad de pregonar durante varios días la petición llevada a cabo por el vecino de turno, al objeto de conocer las posibles contradicciones de otros posibles aspirantes o titulares de la propiedad solicitada. En el caso de las tierras repartidas en Teror, se señalaba la obligatoriedad de pregonar la petición ―además de en la çibdad de Canaria― en la propia localidad, debiendo participar el cura del lugar en calidad de notario. Es precisamente en estas ocasiones en las que vemos figurar a Alonso Hernández. Primero en la petición de un pedazo de tierras «que están en la comarca de Teror» que hizo Juan de Ribera el 23 de marzo de 1549. Luego, en la solicitud de un pedazo de tierras en el «Valleseco e tras de Terore» llevada a cabo por el cerrajero Juan de Granada el 27 de septiembre de 1549, así como en la del criador Juan Navarro, el 10 de enero de 1550. En todas ellas queda suficientemente probada la condición de Alonso Hernand o Hernández como «cura de Nuestra Señora del Pino de Terore», razón por la cual proponemos su inclusión en la nómina de párrocos de Teror, elaborada en el siglo XVIII por don Lázaro Marrero y Montesdeoca.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

Repartimientos de Gran Canaria. Estudio, transcripción y notas a cargo de Manuela Ronquillo y Eduardo Aznar Vallejo. Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria-El Museo Canario, Las Palmas de Gran Canaria, 1998.

lunes, 18 de julio de 2011

Gonzalo Calvillo, clérigo de Teror

A Lázaro Marrero y Montesdeoca, párroco de Teror durante los años 1750 a 1769, debemos la organización y rehabilitación de buena parte del patrimonio documental que atesora la Parroquia de Nuestra Señora del Pino. Asimismo, a él debemos la confección del listado de párrocos de Teror, que incluyó en el libro primero de bautismos de la Parroquia del Pino, con el título de «nómina de los párrocos que he podido averiguar ayan servido en la Parroquia». Esta misma relación de sacerdotes ha sido publicada por el sacerdote e investigador Julio Sánchez Rodríguez en su libro Las iglesias de Nuestra Señora del Pino y las ermitas de Teror, editado recientemente. Inaugura esta extensa nómina de párrocos el padre Llorente Martín, del que se tienen noticias desde al menos el año 1558.

            No obstante y aunque no figuran en este listado, conocemos la existencia de otros párrocos de los que Lázaro Marrero no tuvo noticias. De uno de ellos existen suficientes referencias. Nos referimos al canónigo Juan de Troya, primer cura de Teror del que ya se tiene conocimiento y cuya primera reseña se remonta al año 1514. Sin embargo, entre el canónigo Troya y el mentado padre Llorente Martín existe un vacío de unos 50 años, en los que se desconoce la identidad de los sacerdotes que rigieron la Parroquia terorense. Por nuestra parte, contribuimos a llenar este vacío trayendo a la palestra al clérigo Gonzalo Calvillo. De momento, las referencias que tenemos sobre su labor al frente de la Parroquia de Nuestra Señora del Pino son bastante escuetas. Así por ejemplo, sabemos que el 28 de noviembre de 1550, comparece ante los escribanos Hernán González y Luis Fernández Rasco, para reconocer su obligación de pagar 10.332 maravedíes por la compra de 23 libros de teología. Asimismo, lo vemos actuar como testigo en el testamento de Juan Pérez de Villanueva ―patrono de la capilla mayor de la Iglesia de Santa María de Terore― redactado por García Ortiz el 22 de noviembre de 1551. En el mismo, figura en calidad de acreedor de 30 doblas por parte del citado Pérez de Villanueva.
            Estos son de momento los pocos datos de los que disponemos sobre este personaje. No obstante, queda suficientemente demostrada su condición de «Cura de Teror», razón por la cual proponemos incluirlo en la mentada nómina de párrocos elaborada hace más de 200 años por Lázaro Marrero y Montesdeoca.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

Francisco PÉREZ NAVARRO: «Don Lázaro Marrero y Montesdeoca. Crónicas de un cura de Teror (I, II y III)», Periódico La Provincia, 18, 20 y 24 de agosto de 1982.

viernes, 1 de abril de 2011

Dime de qué presumes y te diré de qué careces. A propósito de Wikipedia (III)

Reanudamos, tras un tiempo inactivo, nuestro propósito de dar a conocer los gazapos e inexactitudes que figuran en la Web de la enciclopedia virtual Wikipedia, referentes a Teror. En esta ocasión, vamos a pedir al lector que fije su atención en la citada tabla de «Cronología y fechas destacadas de la Villa Mariana», donde aparecen las siguientes:

«Año 1514: La “Basílica” de Teror se une a la Iglesia del Sagrario de la Catedral de Canarias»

«Año 1600: Se construye la segunda “Basílica” a Nuestra Señora del Pino»

«Año 1767: Finaliza la construcción de la tercera “Basílica” a Nuestra Señora del Pino»

Mercadillo dominical. Archivo de fotografía histórica de Canarias 
(Fedac, Cabildo de Gran Canaria)

Pues bien, en esta ocasión el error lo encontramos en el empleo del término “Basílica” para hacer referencia a los 3 recintos sagrados que han acogido a la imagen del Pino, a lo largo de sus más de 500 años de historia. Efectivamente, el templo donde recibe culto la Patrona de Gran Canaria fue elevado a la dignidad de Basílica Menor, el 13 de enero de 1916, por el entonces Papa Benedicto XV, siendo obispo de la diócesis Ángel Marquina y Corrales. Por lo tanto, el uso indiscriminado de este vocablo además de erróneo resulta totalmente anacrónico e improcedente, debiendo sustituirse por los términos «ermita» (para el primer templo) e «iglesia» (para el segundo y el tercero o actual, al menos hasta 1916). Una vez más, insistimos en que la Historia y el pasado no debe −aunque hay quien lo hace− manejarse al antojo de nuestros gustos, preferencias, ideales políticos o religiosos. Acaso, el empleo de la palabra «Basílica» pueda parecer más grandilocuente o pomposo, pero presumir de lo que no se tiene es una gran necedad. En fin, esto es todo por hoy, espero que les haya gustado. Hasta pronto.

Gustavo A. Trujillo Yánez


PARA SABER MÁS:

Varios autores: El Pino. Historia, tradición y espiritualidad canaria. Editorial Prensa Canaria, 2002.